lunes, 7 de octubre de 2013

El Príncipe Feliz


Las Buenas Conciencias
Adolfo Flores Fragoso
  • Recordando a Oscar Wilde


Cursaba el primer grado de la primaria.

Recuerdo que a las madres de familia las obligaron a comprar el cuadernillo rosa con los vendedores “designados” a las afueras del colegio.

Curiosamente la versión bilingüe era más barata y, por lo tanto, la más demandada.

Ahora que releo uno de los cuentos, no sólo vivo una nostalgia personal.

Hay melancolías actuales que también se hacen evidentes:

"Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, era yo feliz, si es que el placer es la felicidad. Así viví y así morí y ahora que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no me queda más recurso que llorar..." (The Happy Prince and other tales. Oscar Wilde). 

En un extraño y adelantando ejercicio (para la época), la profesora cuestionó a cada chamaco de siete años de edad sobre la manera como imaginábamos a los personajes de la narración.

A nuestra manera y con nuestras palabras fue como descubrimos los conceptos de melancolía y soledad, especialmente encontrados en la personalidad del Príncipe Feliz.

“Afuera de la casa de cada uno de ustedes hay muchas cosas tristes que no conocen”, dijo la miss Ana María con una dramática contundencia tan aplastante que pudo haber llevado al siquiátrico a más de la mitad del grupo de mis compañeros.

Creo que eso no sucedió.

Pero, a más de 40 años, hoy sí me cala. Y me duele, como lo escribí en un artículo reciente.

No salir de casa, no salir del palacio, no convivir con la vida provoca vacíos y, a la larga, una melancolía incurable cuando el “príncipe feliz” descubre que su realidad fue construida en función del miedo y no del respeto de los demás.

Edificar una realidad propia desconociendo la de “los otros”, la real, puede llevar a arranques de autodestrucción que se refleja en autoritaria destrucción a partir de negar una realidad que no es la propia.

“Alrededor del jardín se alzaba una muralla altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo cuanto me rodeaba era hermosísimo”, reconoce el Príncipe Feliz.

La soledad por excelencia es la soledad en compañía, la desolación, dice acertadamente el checo Bohumil Hrabal en su novela “Una soledad demasiado ruidosa”. La cita viene al caso pues cuando su personaje Hanta —hombre lúcido y cultísimo, rodeado de lo más bello de la literatura que finalmente destruye en una trituradora— se da cuenta de su soledad, cae en una desolación que lo lleva al punto de sobreestimar su intelecto y, paradójicamente, ignorar la realidad e ignorarse a sí mismo.

La egolatría del Príncipe Feliz lo llevó “embellecer” su entorno con base en su propia realidad, a costa de ignorar a su ciudad y llevarla a la miseria.

Al final, se arrepiente y llora.

¿Será posible?


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Twitter: @floresfragoso